All Thing Most Pass
No hubo avisos previos, o yo fui incapaz de verlos, presentirlos o simplemente intuir que ya todo se había ido a la mierda. Fue un domingo de noviembre y no hubo gritos, ni malos entendidos, vaya ni siquiera hubo espacio para el ruego patético del que está condenado a muerte y tiene su última palabra. No hubo una última palabra. En retrospectiva sí que la hubo, fue simple y llanamente: Adiós.
El destino era claro. Tomé mis pocas pertenencias, embalé todo en dos bolsas negras de basura y salí como quien busca un basurero. El desechado era yo.
El día era lindo, cielo despejado y con vientos tardíos de octubre. Mi dirección era cualquier parte ese día y hasta ese momento me di cuenta que algo me quemaba en el pecho; algo que no había sentido desde la muerte de mi papá hacía 17 años atrás. Pero nadie había muerto esa mañana. En todo caso era el amor o la idea de amor o la expectativa del futuro junto a alguien la que había muerto justo unos minutos antes. No agonizaba, había muerto de una vez, y sangraba (perdón por la cursilería) el corazón por dentro, por primera vez probaría lo que significaba verdaderamente (pero verdaderamente) que te rompan el corazón. ¿Pagaría mis pecados ese día? Comenzaba mi infierno. ¿A quién hablarle? ¿A quién interrumpirle su vida feliz, su domingo en familia para escuchar la mía? Busqué la soledad y una canción de George Harrison. Contuve las lágrimas como quien resiste una ofensa y llevaba mi mano izquierda a la nariz, no a los ojos, no a la boca, sino a la nariz; ¿a la nariz para qué? Quizá para sentir mi respiración y saber que todavía estaba vivo. ¿A quién le marco? “All thing must pass” sonaba en el auto y se sentía como dardos volando en el aire. No llamé a nadie. Y regresé de nuevo a la soledad, a mi voz, a lo más profundo de ese niño que envejece en el espejo; a ese eco interno que se había vuelto en mi mejor compañía.
Ahora estaba de regreso, herido y golpeado pero vivo. All thing must pass finalizaba, y yo a penas daba mis primeros pasos en ese infierno del que no se podía salir ese día por la tarde, ni el siguiente día ni el siguiente mes ni el siguiente año. ¿Cuánto tiempo me llevará este dolor? A lo lejos un verso de Neruda me lo dejaba claro: “Es tan corto el amor y tan largo el olvido”.
Pero salí. Creo.
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