Promoción 96 Colegio San Francisco
En 1996 el presidente del país era Armando Calderón Sol y sus chistes estaban en boca de todos, pero eran los mismos que le habían hecho al presidente Molina y que, a su vez, le hacían a cada presidente pasado. El director del colegio era un señor de apellido Mena y solo logró contener el inicio de la decadencia del colegio, que según todo el mundo comenzó con la salida de Don Mario Aguilar y el lanzamiento del colegio Denver.
Los profesores ya sabían que no podían corregirnos y, por tal razón, preferían dar —o intentar dar— la clase sin importar si aprendíamos o no, cobrar su cheque y listo. Aunque, en honor a la verdad, había alguno que se tomaba el oficio en serio, como aquel profesor con cara de psicópata de apellido Meléndez, que nos dejaba unas tareas interminables acerca de neandertales y del hombre de Cromañón, o Don Oto, que nos explicaba los conceptos básicos de la física moderna. Curiosamente, dos de los temas que más me apasionan hoy de adulto: los neandertales y la física cuántica.
Había otros que se llevaban la fiesta en paz y nos trataban como niños, como Don Pablito o el profesor Marroquín, que daba química. Había quienes llegaban a humillarnos, como un tal Cabrera y la señora Leslie. Hoy que ya soy adulto los comprendo: comprendo su frustración de querer enseñar y no poder hacerlo frente a nosotros. Otros ya habían visto pasar tantos alumnos por sus salones que no complicaban su vejez, como Don Marito, que ya no explicaba los ejercicios de matemáticas y simplemente los dibujaba en la pizarra. Alguien le gritaba: “¡Muévase!” para poder ver la pizarra, y Don Marito se movía, pero en un paso de baile. Luego estaban los profesores que llegaban por un corto periodo de tiempo: un mes, una semana, un día. Aunque parezca surreal, era así. No aguantaban. Dentro de estos llegó el famoso profesor de física apodado “Cerebro”, a quien se le ocurrió que la promoción 1996 del Colegio San Francisco debía rendirle culto al padre de la física moderna, Sir Isaac Newton. Para tal razón ideó la fabricación de un busto del famoso físico y nos convenció a todos de aportar para el proyecto. Aunque eso de “convencer” suena voluntario, la verdad fue obligatorio: no fue un convencimiento, fue una extorsión.
Así que todos los alumnos pagamos por el mentado busto, no recuerdo si 100 colones cada uno. Y, como era de esperar, el busto jamás llegó, y nuestros fondos sirvieron para el pago anual de baldes de cerveza o el guaro más barato del supermercado. Algunos ya sabíamos que difícilmente ese busto iba a existir, especialmente después de ver al profesor en una fiesta de la promoción, en la que los compañeros lo pusieron borracho, le quitaron el maletín y comenzaron a cambiarse las notas. ¿Lo recuerdan?
Pero bien, el colón era nuestra moneda y con un billete de 100 podías salir tranquilamente una noche; algunos con menos nos conformábamos. La vida era cara, pero no gastábamos tanto en comer fuera o domicilios. Las cervezas no pasaban de cinco colones en las tiendas y de diez en los restaurantes de la Zona Rosa.
Todavía no había maras como las conocimos hace un par de años. La delincuencia era organizada y temida: robacarros, secuestradores y asaltabancos. Veníamos de la guerra y, claro, como era de esperar, alguna parte de la gente que participó en el conflicto se dedicó a esos oficios.
Todos fuimos niños en la guerra, y aunque nuestros padres se las arreglaron para que tuviéramos una infancia más o menos normal, con juguetes de Lego, Barbies o cinchos con pistolitas en la cintura, o acceso a un televisor en donde veíamos caricaturas como Heidi, Heathcliff, He-Man o los Transformers, o una consola de Atari o Nintendo —cuántos no le disparamos a los patos en aquel aburrido juego en el que salía un perro riéndose—, a pesar de eso nuestros padres no podían ocultar el horror y el dolor de que nuestro país se estaba yendo a la mierda, con muchos jóvenes, líderes y empresarios asesinados.
La verdad, nosotros no nos dábamos cuenta. Los ochenta fueron una burbuja perfecta de la que aprendimos a no salir. En parte por eso se explica nuestra apatía a participar en cualquier actividad política. Considerábamos que la participación o exigencia de derechos era sinónimo de muerte. Aprendimos a temer a la autoridad. Fuimos niños de colonia, de grupo, de juegos de la calle, de escondelero, de saltacuerda, de futbolitos, de tocar la puerta o el timbre y preguntar por el amigo o la amiga. La vida siempre estaba afuera. Nos sentábamos en las aceras a contar chistes o historias hasta que anochecía.
Todavía no usábamos teléfonos celulares. No es que no existieran, pero eran muy costosos y, por tal razón, reservados para los adultos. En esos días un aparato celular (Motorola) costaba aproximadamente veinte mil colones (un poco más de dos mil dólares). La mayoría teníamos un teléfono fijo de disco en casa que compartíamos con los hermanos. El problema era cuando se hacían esas llamadas tímidas y amorosas que podían durar horas. Hoy es más fácil externar el amor: un emoji hace todo el trabajo. Nos sabíamos de memoria los números telefónicos de nuestros amigos cercanos. Algunos siguen estando en la memoria hasta hoy.
Tampoco había internet. Algunos tenían computadoras en sus casas con aquellas impresoras ruidosas. La mayoría no teníamos, por tal razón los trabajos de investigación eran verdaderas búsquedas de información, desde bibliotecas o libros viejos en casa. Toda información se fotocopiaba y con esa se hacían resúmenes, luego se mecanografiaba o editaba en alguna computadora. Si nos hubiesen preguntado en 1996 cómo nos imaginaríamos el 2026, muy pocos hubiésemos acertado. A la larga hubiese sido más importante aprender Excel que todos aquellos ejercicios de física aplicando los principios de la caída libre. Muchos sabemos que los objetos caen con una velocidad de 9.8 metros por segundo al cuadrado, pero desde 1996 no lo recordábamos porque eso no lo usamos.
Nuestra generación está viviendo en la frontera de una nueva era: somos la unión entre lo que viene muriendo y lo que todavía no ha terminado de nacer. Somos la última generación del siglo pasado y, con el paso de los años, seremos la última generación analógica, es decir, capaz de vivir sin contacto digital (muy difícil), pero así crecimos y así nos graduamos en 1996. Nada de selfies y pocas fotos. Vivíamos para nosotros, no para los demás. Hoy en día parece que todos viven para los demás, necesitando constantemente la validación del otro. Eso sí, tenemos muchas memorias, recuerdos de esos años que no tienen por qué recordarse como maravillosos. Fue únicamente el tiempo que nos tocó vivir.
Muy pocas personas en San Salvador aspiraban a emigrar a los Estados Unidos. No sabíamos que muchos de nuestros compañeros terminarían viviendo fuera del país. Y aunque parezca glamuroso, no lo es. Una cosa es ir de turista y otra muy distinta es vivir en un país que no es el tuyo. Vivir fuera de tu país es un sentimiento de tortura: uno siente que se está perdiendo todo lo que sucede en El Salvador. Uno tiene miedo de olvidar y, peor aún, de ser olvidado. Fuimos preparados para vivir aquí en El Salvador y con la sorpresa de que fuimos criados para vivir en una sociedad que ya no existe. El mundo para el que fuimos preparados en 1996 ya no existe. Por eso parece que todos estamos improvisando. La idea era estudiar, graduarte, conseguir un buen empleo, vivir de tu profesión, casarte, comprar una casa, luego una casa en la playa, en el lago, en la montaña, y envejecer y ver crecer a tus hijos aquí. Muchos ni tenemos casa propia a los cuarenta y tantos años.
Al igual que la sociedad, nosotros también ya no somos los mismos. En 30 años han pasado tantas cosas que nos hacen ser personas diferentes. Y no se fijen en lo físico: es normal que la maitrez ya nos haya encontrado. Hay que aceptarla de manera digna. Así que, por favor, no se operen, no se inyecten y dejen que el paso del tiempo no sea una pena. Todos vamos al mismo destino, y quizá eso sea lo interesante de volver a vernos: saber que el tiempo pasa para todos.
Me alegra verlos con sus familias y que, a pesar de la molestia de tantos mensajes, decidan permanecer en este grupo.
A mí me genera mucha alegría leerlos y compartir con ustedes.
Feliz día.

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